Hace poco estuve hablando con un hombre sobre su vida espiritual.
Cuando le pregunté: “¿Es usted salvo?”, respondió: “No, pero estoy
trabajando en eso”. Cuando le pedí más detalles, me dijo que estaba
haciendo algunos cambios en su vida. Había dejado de fumar y beber,
entre otras cosas. Me dí cuenta de que debía ayudarlo a entender algunos
principios importantes, ya que su única confianza hasta ese momento era
mejorar su condición física.
Lo que este hombre necesitaba entender es que lo que hagamos o
abandonemos por Jesús no tiene importancia. El Señor no está buscando a
personas que cambien algunos hábitos por la pura fuerza de voluntad;
está llamando a personas a rendirse a Él. La única acción que Dios
espera de alguien que le busca es que crea en Jesús; en que Él es quien
dice ser; en que hará lo que dice; en que tiene la autoridad para
perdonar; y en que equipará a su pueblo para tener una vida agradable a
Dios. Por estas convicciones, el nuevo cristiano tiene la capacidad de
apartarse de su vieja vida; en otras palabras, para arrepentirse y
comenzar el proceso de convertirse en “una nueva criatura” (2 Co 5.17).
No nos convertimos en personas salvas eliminando viejos hábitos y
comenzando otros de tipo religioso; somos transformados por el poder
salvador de Jesucristo cuando creemos en Él. Puesto que no podemos ganar
la salvación, nadie puede jactarse delante de Dios. Toda nuestra
moralidad, buenas obras y esfuerzos por cambiar, no son más que basura
en comparación con la santidad de Jesucristo (Is 64.6). Solo su justicia puede cubrir nuestros pecados y hacernos justos delante del Padre.

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