La oración es una prioridad para cualquier persona que desee ser
usada poderosamente por Dios. Jesús se escabullía a menudo para tener
momentos de quietud con su Padre. Si el Hijo de Dios necesitaba pasar
tiempo en oración, ¡sin duda que nosotros no podemos vivir bien sin
ella! Ayer vimos que quienes no buscan la ayuda de Dios se fatigan con
cargas innecesarias. Hoy veremos los resultados de moverse penosamente
en la vida bajo esas cargas.
Cuando alguien se agota espiritual, emocional o físicamente, se
vuelve vulnerable al desánimo. Josué fue exhortado a meditar en la Ley
porque su éxito dependería de seguir la voluntad de Dios (Jos 1.8, 9).
Tener al Señor en el centro de nuestra atención crea confianza. Sin la
oración y la lectura de la Biblia —que no pueden separarse— los
creyentes caen en un círculo vicioso en que los problemas se hacen más
grandes al tratar de darles una solución humana. Bajo tales
condiciones, el desánimo es inevitable.
La pérdida de confianza es seguida pronto por la duda. El creyente
que se sumerge en la oración y en la lectura de la Biblia hallará
seguridad en el poder y en la presencia del Señor. Pero alguien que
duda de la fidelidad de Dios buscará refugio en cualquier parte, menos
en esas disciplinas. Al final, la persona se aparta de la voluntad de
Dios, al tratar de encontrar una solución engañosa.
La consecuencia de no orar es el fracaso, pero la buena noticia es
que se puede superar. Las medidas correctivas son sencillas: pedir
perdón a Dios por no orar, y luego dar prioridad a un tiempo regular de
quietud con el Señor. En esos momentos de comunión, Él hará más
liviana las cargas, dará aliento y colmará a sus hijos de confianza.
Fuente: En Contacto

Comentarios
Publicar un comentario