¿Qué tienen en común Josué, el líder de Israel; Daniel, el
visionario; los doce discípulos de Jesús; y el apóstol Pablo? Tenían en
común que, además de amar y obedecer a Dios, tuvieron que ser valientes.
Obedecer al Señor requiere valentía, firmeza de espíritu que pueda
hacer frente a las crisis sin retroceder.
Josué, designado por Dios, fue llamado a conducir a la nación de Israel a la tierra prometida. Tal vez pensó: ¿Quién soy yo para tomar el lugar de Moisés? o ¿Y si el pueblo no me acepta como su líder? Dios habló tres veces para tranquilizarlo, diciéndole que fuera esforzado y valiente.
Josué reaccionó con fe, y confió en las dos promesas que recibió de su Padre celestial.
Promesa # 1 - Dios viaja con nosotros. El Señor prometió que estaría con los israelitas en la nueva tierra, y que nunca les desampararía o dejaría. En Hebreos 13.5,
Él nos hace la misma promesa. De hecho, el Señor nos acompaña de una
manera mucho más cercana —por medio de su Espíritu que habita en
nosotros.
Promesa # 2 - Dios va delante de nosotros. Dios
prometió encargarse del enemigo antes de que los israelitas llegaran.
Todavía tendrían que enfrentar batallas, pero les aseguró la victoria si
tenían fe y le obedecían. El Señor Jesús ha ido delante de nosotros al
cielo con la batalla espiritual ya ganada. Nuestra redención ha sido
asegurada por toda la eternidad, nuestro lugar en la familia de Dios
establecida de manera permanente y nuestra herencia celestial
garantizada. A pesar de que nuestras luchas terrenales continuarán,
debemos recordar que ellas son solo temporales
Fuente: En Contacto

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