En nuestro mundo de la banca electrónica y de las tarjetas de crédito
es fácil ignorar lo que cuestan las cosas. Igual sucede con el pecado.
Nuestra cultura disfruta de los placeres temporales, sin ten
tener en cuenta
el costo del pecado (Ro 6.23).
La Biblia nos dice lo que tuvo que pagar el Señor por nuestro pecado. Por amor a nosotros, sufrió . . .
Dolor físico. En las horas previas a su crucifixión,
Jesús fue ridiculizado, golpeado y humillado. En su debilitado estado,
fue obligado a llevar el instrumento de su muerte —la cruz. Después fue
clavado en ella y levantado para sufrir una muerte atroz.
Pecado del hombre. Jesús vivió una vida libre de
pecado, nunca conoció su vergüenza o la amargura del remordimiento. Pero
en la cruz, el Padre puso todos los pecados de la humanidad en el
Salvador (2 Co 5.21). Allí, Cristo experimentó la plenitud de nuestras transgresiones, y de nuestra culpa y vergüenza.
Abandono. En sus horas finales, Jesús fue separado de su Padre (Mr 15.34);
la comunión que habían tenido desde la eternidad fue rota por primera y
única vez. Nuestro pecado se convirtió en la barrera que nos había
mantenido separados de Dios, hasta que Cristo consumó su obra expiatoria
(Jn 19.30).
Castigo divino. La ira de Dios se derramó sobre
nuestro Señor a causa del pecado del hombre. Cristo experimentó la
condena que nosotros merecíamos (Is 53.5, 6; Ro 5.9).
Nuestro Salvador sufrió en extremo por nosotros. Dio su vida para que pudiéramos ser parte de la familia de Dios (Jn 1.12). Él nos llama a una vida de servicio abnegado —haciendo la obra del Padre.
Fuente: En Contacto

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