Leer | Romanos 3.23-27
5 de agosto de 2015
La cruz de Jesucristo nos presenta un dilema. Si el Padre celestial
es bueno y amoroso, ¿por qué dejó que su Hijo soportara la agonía de la
crucifixión? Desde nuestra perspectiva humana, no hay nada de amoroso
en esta escena. Pero, al mirar más allá de lo evidente, veremos una
maravillosa demostración de amor.
Para comprender lo que sucedió en la cruz, tenemos primero que
entender que el Señor es absolutamente recto y justo. Él siempre hace
lo que es correcto, y nunca actúa en contra de su naturaleza o de su
Palabra. En cambio, la humanidad es pecadora y merecedora del castigo
eterno. Dios no podía simplemente decidir perdonarnos, porque entonces
dejaría de ser justo —la justicia requiere que se reciba un castigo por
el pecado. O bien el Señor tenía que condenarnos a todos a sufrir su
castigo, o necesitaba idear un plan que satisficiera su justicia, pero
al mismo que le permitiera mostrar misericordia.
Antes de la fundación del mundo, Él ya había ideado ese plan (Ap 13.8):
Su Hijo inmaculado vendría al mundo en carne y hueso para llevar
nuestros pecados. El Padre puso sobre Él toda nuestra culpa y todo
nuestro castigo. Gracias a que el pago hecho por el Salvador satisfizo
plenamente la justicia divina, el hombre pecador puede ahora ser
declarado justo. La justicia castigó al pecado, y la misericordia salvó
a los pecadores.
No importa quién sea usted o lo que haya hecho, si acepta el pago de
Cristo hecho a su favor, será salvo. La misericordia y el amor de Dios
se demuestran por el mismo acto que pareció cruel y horrible. Este era
el único plan que podía salvarnos, y el Hijo perfecto de Dios era el
único calificado para dar su vida en lugar nuestro. Y además, el Señor
Jesús lo hizo con gozo. (Encontacto.org)

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