Leer | Lucas 1.68-75
10 de julio de 2015
La Biblia hace distinción entre dos clases de temores: el saludable y
el enfermizo. Por ejemplo, un temor saludable nos evita tocar una
estufa caliente o caminar sobre hielo quebradizo. También nos impulsa a
tener temor sano de Dios. Esto incluye una abrumadora sensación de
temor reverente por ser Él quién es —es decir, el Juez y el Rey
soberano. También implica un estilo de vida de obediencia respetuosa
que le honre.
El temor enfermizo nos hace sentir tensos, incómodos o amenazados. Su
origen puede ser una experiencia en la niñez, o las palabras negativas
reiteradas de una figura de autoridad. Este temor echa raíces en
nuestro pensamiento y matiza nuestra toma de decisiones. Aun cuando ya
no exista ninguna razón para sentirlo, puede seguir inhibiéndonos.
La imaginación es también una fuente de temor. Podemos ser atrapados por la mentalidad del “¿y sí . . . ?”: ¿Y si algo sale mal? ¿Y si el resultado que espero no se da?”
Esta clase de agitación mental puede bloquear lo mejor que Dios tiene
para nuestra vida. Sus propósitos exigen a menudo que dejemos atrás
aquello que nos hace sentir muy cómodos. Aprender nuevas habilidades,
cambiar de trabajo, o ensayar una manera diferente de ministrar a
otros, pudieran ser parte de lo que Él espera. Estos retos presentan la
oportunidad para confiar en el Señor y obedecerle.
El temor no proviene de Dios (2 Ti 1.7).
Permita que el Espíritu Santo le lleve de la intranquilidad a la
libertad que tenemos en Cristo. Allí descubrirá la habilidad de
obedecer su plan sin preocupación. (encontacto.org)

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