Leer | 1 Samuel 2.1-10
8 de mayo de 2015
Ana experimentó una gran aflicción antes de que naciera su hijo
Samuel. Sin embargo, en medio de ese tiempo difícil, demostró gran amor a
Dios y dependencia de Él mediante la oración.
Samuel tuvo una madre que amaba al Señor profundamente. De hecho, se
veía a sí misma como una sierva de Dios, cuya vida estaba a su servicio
(1 S 1.11). Incluso, cuando su aflicción era abrumadora, reconoció lo importante que Él era para ella.
Tenemos el mandamiento de amar al Señor con todo nuestro ser (Mr 12.30), y de darle el primer lugar en nuestra vida (Dt 5.7).
Si amamos a Dios, nos aseguraremos de que nuestros hijos lo conozcan y
entiendan la importancia de tener una relación con Él por medio de
Cristo. Nuestra vida, aun llena de defectos, revelará el poder
transformador del Espíritu Santo.
Samuel fue bendecido porque Ana era una mujer de oración. Su primera
petición registrada provino de su aflicción, mientras que la segunda
vino de un corazón que se regocijaba por la respuesta del Señor a su
clamor. Una madre que ora da una alta prioridad a presentar al Señor
los asuntos de sus hijos. Recuerdo que mi madre se arrodillada conmigo
junto a mi cama para orar. Todavía puedo recordar las frases que
utilizaba y las cosas de que hablaba con Dios.
Los hijos necesitan padres dedicados que 1) demuestren amor tanto a
ellos como a Dios, y 2) que les ayuden a experimentar el poder y el
gozo de la oración (Stg 5.16).
Incluso, uno solo de los padres puede marcar una gran diferencia
cuando Cristo es el centro del hogar. Lo sé, porque mi madre lo hizo.
www.encontacto.org

Comentarios
Publicar un comentario