Leer | Romanos 12.10-12 “Amaos los unos a los otros
con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros. 11 En
lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al
Señor; 12 gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación;
constantes en la oración; “
Al Señor Jesús le encantaba hablar con su Padre y buscar
siempre la oportunidad de estar a solas con Él. A veces, hablaba con Dios
delante de muchas personas, o pedía a algunos de sus discípulos que lo
acompañaran a orar. Debido a que oraba con frecuencia, el Señor Jesús seguía la
dirección del Padre, participaba de su trabajo, y comunicaba sus palabras.
Cuando tomamos en serio la oración, nuestra intimidad con el
Señor crece. Cuanto más escuchamos y hablamos con Dios, más lo conocemos. Todo
lo cual nos ayuda a ver al mundo desde una perspectiva divina. Las cosas que
importan a Dios se convertirán también en nuestras preocupaciones, y nuestras
oraciones reflejarán cada vez más sus intereses. Las oraciones respondidas nos
animarán y aumentarán nuestra fe.
Con el tiempo, la disciplina de la oración debe comenzar a
tener un efecto purificador en nosotros. El Espíritu Santo pone la verdad de
Dios en nuestros corazones cuando permitimos que el estudio regular de la
Biblia alimente nuestra comunión con Él. La relación consecuente con la Palabra
de Dios nos revelará aspectos personales de carnalidad, y el Espíritu nos dará
el poder para cambiar. Además de esto, aprenderemos a reconocer en qué quiere
el Señor que nos involucremos, y cómo invertir nuestro tiempo, dinero y dones
espirituales en su obra. Por medio de la oración, recibiremos también paz
—incluso cuando las circunstancias empeoren o se mantengan iguales (Isaías 26.3).
Son muchos los beneficios de la oración, pero el más grande
de todos es el gozo que proviene de pasar más tiempo con el Señor. (De
EnContacto.org)

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