Leer | Lucas 15.11-19 “También dijo: Un hombre tenía dos hijos; 12 y
el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me
corresponde; y les repartió los bienes. 13 No muchos días
después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada;
y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. 14 Y
cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y
comenzó a faltarle.
15 Y fue y se arrimó a uno de los
ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que
apacentase cerdos. 16 Y deseaba llenar su vientre de las
algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. 17 Y
volviendo en sí, dijo: !!Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen
abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! 18 Me levantaré
e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. 19 Ya
no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.”
Enviamos un mensaje fuerte y negativo al Señor cuando somos
impacientes: “No tengo confianza en tu tiempo; el mío es mejor”.
A veces, llegamos a una bifurcación en el camino de la vida,
y tenemos que decidir si estamos dispuestos a esperar la dirección de Dios. Es
importantísimo que le obedezcamos y que seamos pacientes con su plan. Pensemos
en el ejemplo negativo del hijo pródigo, quien derrochó su herencia y luego
enfrentó varias consecuencias:
1. Causó dolor a su familia.
Muchas veces, nuestra impaciencia hiere a quienes amamos.
2. Se separó de su familia.
Cuando nos adelantamos a Dios, también huimos, con frecuencia, de las voces de
la razón y de la sabiduría de las personas que son parte de nuestra vida.
3. Enfrentó la pobreza.
Nos arriesgamos a perder mucho cuando ignoramos el tiempo del Señor, porque Él
nos bendice cuando somos obedientes.
4. Se sintió indigno.
No podemos experimentar la comunión con Dios cuando la impaciencia nos mantiene
fuera de su voluntad.
Sabemos que, al final de la historia, el hijo pródigo es
recibido con gozo por su padre quien le prodiga amor y atención a este hijo, y
le devuelve su lugar en la familia. Pero, aunque es perdonado, los resultados
de su impaciencia no son borrados del todo, pues no recupera la riqueza que
perdió. No siempre es posible borrar nuestros errores después de que nos hemos
adelantado a Dios. Siempre es mejor esperar que Él nos diga cuándo podemos
seguir adelante. (Ministerios en Contacto)

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