Leer | Colosenses 4.2-4
3 de noviembre de 2014
Nuestro Salvador, Jesucristo, estuvo consagrado a la oración. Se
reunía con Dios temprano, le buscaba en medio de sus ocupados días, y
se escabullía por las noches para tener comunión con Él. Sus acciones
son ejemplo del lugar que debe ocupar la oración en la vida del
creyente.
La oración parecía ser algo natural para el Señor, mientras que para
la mayoría de nosotros representa un gran esfuerzo. El camino a una
vida de oración comienza con el firme compromiso de desarrollar el
hábito de hablar con Dios, y de hacerlo nuestra prioridad. Podemos
lograrlo apartando tiempo cada día para el Señor, y encontrando un
lugar donde las interrupciones sean mínimas. Para que esto suceda
tenemos que hacer sacrificios —como dormir menos, renunciar a
pasatiempos o utilizar la hora del almuerzo para orar. Inclusive, puede
ser que algunos padres tengan que recurrir a la ayuda de amigos para
que cuiden de sus hijos, y así puedan pasar tiempos a solas con Dios.
Además, nuestra vida de oración debe estar reforzada por las Sagradas
Escrituras que nos enseñan acerca del carácter, las promesas y las
prioridades de Dios. La Biblia desvía nuestros pensamientos de las
preocupaciones mundanas para enfocarlos en el Señor. Leer la Palabra de
Dios cada día nos recordará que el Señor es supremamente importante
para nuestra vida, y que nuestro deseo debe ser agradarle. Así
estaremos preparados para orar de acuerdo con su voluntad, y escuchar
lo que Él quiera decirnos. Evalúe el estado actual de su vida de
oración, y comprométase a mejorar al menos en uno de los aspectos antes
mencionados.

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